Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica La consciencia de una libre sumisión a la ley por parte de la voluntad, vinculada pese a todo con una inevitable I constricción de cualesquiera inclinaciones reali[A 143]zada tan sólo por la propia razón, constituye el respeto hacia la ley. La ley que exige e inspira asimismo ese respeto no es otra, como vemos, que la ley moral (pues ninguna otra despoja a todas las inclinaciones de la inmediatez de su influencia sobre la voluntad). La acción que es objetivamente práctica según esa ley, con exclusión de cualquier fundamento determinante basado en la inclinación, se llama «deber», el cual a causa de tal exclusión encierra en su concepto un apremio práctico, es decir, una determinación para acometer acciones por muy a disgusto que puedan tener lugar. El sentimiento que brota de la consciencia de tal apremio no es patológico, cual sí lo sería el producido por un objeto de los sentidos, sino únicamente práctico, esto es, posible mediante una previa (objetiva) determinación de la voluntad y una causalidad de la razón. Por lo tanto, como sumisión a una ley, esto es, en cuanto mandato (que indica constricción para el sujeto afectado sensiblemente), no entraña ningún placer, sino más bien un displacer por la acción en sí. Pero en cambio, como esa coerción es ejercida tan sólo por la legislación de la propia razón, encierra asimismo una elevación, y el \ efecto subjetivo sobre el sentimiento, por<Ak. V, 81> cuanto que su única causa es la razón pura práctica, puede llamarse por lo tanto simple «autoaprobación» con respecto a esta I última, en tanto que uno se reco[A 144]noce como determinado a ello simplemente por la ley al margen de todo interés, cobrando consciencia en ese momento de un interés muy otro (al verse producido subjetivamente) que es puramente práctico y libre; el adoptar este interés en una acción conforme al deber no es algo que nos sea recomendado por una inclinación, sino algo que la razón ordena sin más mediante la ley práctica, a la par que lo produce realmente, portando por ello un nombre tan idiosincrático cual es el de «respeto».