Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Es muy hermoso hacer el bien por amor hacia los seres humanos y en aras de una compasiva benevolencia o ser justo por amor al orden, mas eso no constituye aún la genuina máxima moral de nuestra conducta, la máxima que conviene a nuestro punto de vista en cuanto seres humanos entre entes racionales, cuando con esa orgullosa presunción propia de los voluntarios nos atrevemos a situarnos por encima del pensamiento del deber y, al margen del mandato, pretendemos hacer simplemente porque nos viene en[A 147] gana una cosa para la cual no precisaríamos I mandato alguno. Nos hallamos bajo una disciplina de la razón y en todas nuestras máximas no tenemos que olvidar esa sumisión, sin cercenar ni un ápice o mermar mediante una egoísta ilusión el prestigio de la ley (aun cuando venga dado por la propia razón), emplazando el fundamento para determinar nuestra voluntad, pese a resultar conforme a la ley, en otro lugar que no sea la ley misma y el respeto hacia ella. «Deber» y «obligatoriedad[137]» son las únicas denominaciones que hemos de otorgar a nuestra relación con la ley moral. Nosotros en verdad somos miembros legisladores de un reino ético, posible a través de la libertad, que nos es presentado por la razón práctica como un objeto digno de respeto, pero, al ser simplemente súbditos y no el jefe de dicho reino, el desconocimiento de nuestro rango inferior como criaturas y la negativa de nuestra vanidad frente al prestigio de la \ sacrosanta ley equivale a apostatar del espíritu de<Ak. V, 83> dicha ley, aun cuando se cumpliese al pie de la letra con ella.