Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Con esto concuerda muy bien sin embargo la posibilidad de un mandato como el siguiente: «Ama a Dios por encima de todo y a tu prójimo como a ti mismo[138]». Pues I exige a modo de mandato un respe[A 148]to hacia una ley que ordena amor y no deja a una elección caprichosa el convertirlo en principio. El amor a Dios resulta imposible como inclinación (amor patológico), al no suponer un objeto de los sentidos. Ese mismo amor es ciertamente posible para con los seres humanos, mas no puede verse ordenado, porque ningún ser humano es capaz de amar a alguien siguiendo simplemente una orden. Por lo tanto, en ese núcleo de todas las leyes sólo está comprendido el amor práctico. «Amar a Dios» significa en este sentido: «ejecutar de buena gana sus mandamientos» y «amar al prójimo» quiere decir «ejercer de buena gana cualquier deber para con él». Mas el mandato que hace de esto una regla tampoco puede ordenar el tener esa intención en las acciones conformes al deber, sino simplemente tender hacia ello. Pues un mandato relativo a que se deba hacer algo de buena gana es contradictorio, porque cuando ya sabemos por nosotros mismos lo que nos incumbe hacer, si además fuéramos también conscientes de que nos gusta hacerlo, un mandato relativo a ello sería enteramente superfluo y si no lo hacemos precisamente de buena gana, sino tan sólo por respeto hacia la ley, entonces un mandato que convierta ese respeto en móvil de una máxima[A 149] estaría justamente atentando contra la intención I ordenada.