CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica Esa ley de leyes presenta por lo tanto, al igual que cualquier precepto moral del Evangelio, la intención moral en su plena perfección tal como, en cuanto un ideal de santidad, es inalcanzable por ninguna criatura, constituyendo sin embargo el arquetipo al que debemos tender a aproximarnos e igualarnos en un progreso ininterrumpido pero infinito. Si una criatura racional pudiese llegar alguna vez a ejecutar completamente todas las leyes morales de buena gana, esto significarÃa tanto como no hallar nunca en él ni siquiera la posibilidad de un deseo que le incitase a desviarse de ellas; pues el sobreponerse a semejante deseo siempre le cuesta un sacrificio al sujeto, precisando pues de autoconstricción, o sea, un apremio<Ak. V, 84> interno hacia lo que \ no se hace totalmente de buena gana. Pero a este grado de intención moral jamás puede llegar una criatura. Pues como criatura siempre es dependiente en lo tocante a cuanto exige para estar enteramente satisfecha con su estado y nunca puede verse por completo libre de deseos e inclinaciones que, al descansar sobre causas fÃsicas, no concuerdan de suyo con esa ley moral cuya fuente es completamente distinta, por todo lo cual hacen siempre necesario que, teniendo en cuenta esas inclinaciones, la intención de sus máximas descanse sobre un apremio moral y no sobre una solÃcita lealtad, descanse sobre ese respeto que exige el seguimiento de la ley aun cuando I éste tuviera lugar a disgusto y no so[A 150]bre un amor que desatiende cualquier negativa interna de la voluntad ante dicha ley, aunque sin embargo hacen necesario que este último, es decir, el simple amor a esa ley (la cual dejarÃa entonces de suponer un mandato, mientras que la moralidad dejarÃa de constituir una virtud al verse transmutada en santidad subjetiva) quede convertido en la constante, a la par que inalcanzable, meta de sus afanes. Pues en aquello que apreciamos mucho pero sin embargo tememos (por la consciencia de nuestra debilidad), gracias a una mayor agilidad para satisfacerlo el miedo reverencial se transforma en simpatÃa y el respeto en amor; al menos asà quedarÃa perfectamente consumada una intención consagrada por entero a la ley, si a una criatura le fuera posible alguna vez lograr semejante consumación.