Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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Determinar esta idea prácticamente, o sea, impregnando con ella las máximas de nuestro comportamiento racional, supone la teoría de la sabiduría y, a su vez, ésta como ciencia constituye la filosofía en el sentido que daban a esta palabra los antiguos, para quienes la filosofía consistía en instruir acerca del concepto donde ubicar el sumo bien e indicar el comportamiento por medio del cual cabe adquirirlo. Sería bueno conservar para esta palabra su antiguo significado y definir «filosofía» como una teoría del sumo bien en tanto que la razón procure desarrollar dicha teoría cual ciencia. Pues, por un lado, esta condición restrictiva se compadecería con la expresión griega (que significa «amor a la sabiduría»), permitiendo al mismo tiempo comprender bajo el nombre de «filosofía» I el amor a[A 195] la ciencia y a todo conocimiento especulativo de la razón, en cuanto le sirve tanto para aquel concepto como también al fundamento práctico de determinación, y todo ello sin perder de vista el único fin capital merced al cual merece ser llamada «teoría de la sabiduría». De otro lado, tampoco estaría mal desalentar la vanidad del que se atreviese a pretender el título de «filósofo», al presentarle ya mediante tal definición esa medida de autoestima que rebajara sobremanera sus pretensiones. Pues ser un maestro de sabiduría quisiera significar más que oficiar como ese discípulo al cual todavía le queda bastante por hacer para dirigirse a sí mismo y mucho menos puede conducir a otros con la certeza de alcanzar un fin tan elevado; significaría un maestro en el conocimiento de la sabiduría, lo cual quiere decir más de cuanto un ser humano modesto se atri<Ak. V, 109>buiría a sí mismo, y la filosofía, \ al igual que la propia sabiduría, seguiría siendo siempre un ideal que sólo se ve cabalmente representado de un modo objetivo en la razón, pero que subjetivamente sólo supone para cualquier persona la meta de su continuo afán. Pretender el nombre de «filósofo» equivale a estar en posesión del mencionado ideal y a ello sólo se ve legitimado quien pueda exhibir como ejemplo en su propia persona el infalible efecto de dicha posesión (en el domi[A 196]nio de sí mismo I y en ese especial e indudable interés que se toma por el bien general), algo que los antiguos también exigían para poder merecer aquel título honorífico.


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