Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Si nosotros nos vemos obligados a buscar tan en lontananza (o sea, en la conexión con un mundo inteligible) la posibilidad del sumo bien, esa meta de todos sus deseos morales enarbolada por la razón para cualesquiera entes racionales, I ha de extrañar que los[A 208] filósofos, tanto en la antigüedad como recientemente, hayan encontrado ya en esta vida (en el mundo sensible) una proporción tan conveniente entre felicidad y virtud, o hayan podido persuadirse de tener consciencia de ella. Pues tanto Epicuro como los estoicos elevaban sobre todas las cosas esa felicidad que brota del ser consciente de poseer virtud en la vida, y el primero no estaba animado en sus preceptos prácticos por intenciones tan rastreras como cupiera deducir de los principios estipulados para su teoría, los cuales eran utilizados en sus explicaciones, mas no a la hora de actuar, o como muchos los han interpretado inducidos a ello por encontrar la expresión «voluptuosidad» donde podía leerse «satisfacción»; bien al contrario, Epicuro contaba la práctica desinteresada del bien entre los deleites propios de un júbilo interior, y esa sobriedad o contención de las inclinaciones exigida desde siempre por el moralista más austero también casaba con su plan relativo al deleite (por el cual entendía un corazón permanentemente alborozado). Su principal divergencia con los estoicos era colocar en ese deleite el fundamento de determinación, algo que éstos rehusaban hacer con toda razón.