Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Por una parte, \ el virtuoso Epicuro, tal como toda<Ak. V, 116>vía ahora muchos hombres moralmente bienintencionados que no meditan con suficiente profundidad sobre sus principios, cayó en el error de presuponer la intención virtuosa en las personas a quienes preten[A 209]día proporcionarles por vez primera el móvil I para esa virtud (y de hecho quien es honesto no puede encontrarse feliz sin cobrar antes consciencia sobre su rectitud, porque con semejante intencionalidad los reproches que se viese obligado a hacerse mediante su propio modo de pensar le autocondenarían moralmente y le robarían cualquier disfrute de cuantas comodidades pudiese albergar su estado). Ahora bien, la cuestión es la siguiente: ¿de dónde salen una intencionalidad tal y ese modo de pensar que tornan posible comenzar a estimar el valor de su existencia?, dado que con anterioridad a ellos no sería encontrado dentro del sujeto ningún sentimiento de un valor moral en general. Si es virtuoso, el ser humano jamás podrá llegar a estar contento con su vida sin ser consciente de su rectitud en cualquier acción, por muy propicia que pueda serle la fortuna en su estado físico; pero, para hacerle ante todo virtuoso y, por lo tanto, con anterioridad a que tase tan alto el valor moral de su existencia, ¿acaso se le puede preconizar esa tranquilidad anímica que sólo surgirá de la consciencia de una rectitud para la cual no posee todavía sentimiento alguno?