Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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Pero ahora entra en juego un fundamento de otra especie para decantar la decisión y dar al traste con las vacilaciones de la razón especulativa. El mandato de propiciar el sumo bien está objetivamente fundado (en la razón práctica) y su posibilidad en general también queda fundada objetivamente (en la razón teórica, que no tiene nada en contra). Ahora bien, la razón no puede optar objetivamente por el modo como nosotros debemos representarnos esta posibilidad, si según leyes universales de la naturaleza sin presuponer un sabio autor que la presida, o sólo bajo la presuposición de tal autor. Aquí se presenta ahora una condición subjetiva de la razón: la única manera teóricamente posible para ella, y al mismo tiempo la única que conviene a la moralidad (que se halla bajo una ley objetiva de la razón), de pensar la exacta concordancia del reino de la naturaleza con el reino de las costumbres como condición de posibilidad del sumo bien. Como la promoción del mismo y, por ende, la presuposición de su posibilidad son objetivamente necesarias (pero sólo en virtud de la razón práctica), pero al mismo tiempo la manera en que queramos pensárnoslo como posible queda a nuestra elección, resulta que es un libre interés de la \ razón<Ak. V, 146> pura práctica el que opta por la conjetura de un sabio autor del mundo; así, el principio que aquí determina[A 263] I nuestro juicio es ciertamente subjetivo en cuanto exigencia, mas en cuanto medio para propiciar aquello que es objetivamente (prácticamente) necesario también constituye, al mismo tiempo, el fundamento de una máxima del asentimiento con un propósito moral, es decir, una pura creencia o fe práctica de la razón. Esta creencia, por lo tanto, no es ordenada, sino que, en cuanto espontánea determinación de nuestro juicio a conjeturar aquella existencia y colocarla ulteriormente como fundamento del uso de la razón, lo cual le conviene simultáneamente tanto al propósito moral (ordenado) como por lo demás a la exigencia teórica de la razón, dicha creencia emana de la intención moral misma; por lo tanto, aun cuando ésta pueda llegar a tambalearse con frecuencia, incluso entre los bienintencionados, nunca puede llegar a caer en la incredulidad.


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