CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica Ciertamente, resulta claro que los únicos fundamentos para determinar la voluntad capaces de volver propiamente morales a las máximas y otorgarles un valor moral, la representación inmediata de la ley y el cumplimiento objetivamente necesario de la misma en cuanto deber, han de verse representados como los móviles de las acciones por excelencia;[A 270] pues, de lo contrario, se originarÃa la legalidad de las I acciones, mas no la moralidad de las intenciones. Sin embargo, no resultará tan claro, sino que más bien a primera vista será tomado por cada cual como algo completamente inverosÃmil, que aquella presentación de la virtud pura pueda tener también subjetivamente más poder y sea capaz de procurarle un móvil mucho más fuerte, incluso para producir aquella legalidad de las acciones y generar decisiones más enérgicas con vistas a preferir la ley por puro respeto hacia ella sobre ninguna otra consideración, que cuantos móviles pueda producir jamás cualquier seducción basada en los espejismos del deleite y en general todo cuanto<Ak. V, 152> quepa adscribir a la felicidad, \ o también todas las amenazas del dolor y lo dañino. No obstante, asà es como son las cosas y, si la naturaleza humana no estuviese asà constituida, ningún modo de representarse la ley originarÃa jamás moralidad en la intención mediante rodeos y recomendaciones. Todo serÃa pura hipocresÃa, la ley serÃa odiada o incluso despreciada, pese a que serÃa cumplida en pos del propio beneficio. La letra de la ley (legalidad) se encontrarÃa en nuestras acciones, mas el espÃritu de la ley (moralidad) brillarÃa por su ausencia en nuestras intenciones, y como nosotros, por mucho que nos empeñemos, no podemos en nuestro juicio desprendernos por completo de la razón, entonces habrÃamos de aparecer inevitablemente ante nuestros propios ojos I como se[A 271]res humanos abyectos e indignos, aun cuando intentáramos resarcirnos de la humillación infligida por este tribunal de nuestro fuero interno recreándonos con los deleites que una ley natural o divina, conjeturada por nosotros, habrÃa vinculado según nuestro delirio con la maquinaria de su policÃa, la cual dictarÃa sentencia simplemente según lo que uno hace, sin preocuparse por las motivaciones del porqué lo hace.