Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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Sin embargo, el postulado sobre la existencia de Dios posee un significado muy distinto del que denunciaron Heine o Schopenhauer, y sólo tiene por misión el sustentar la creencia de que nuestro proyecto moral no es imposible. Kant lo expresa muy bien con la siguiente ilustración: «El comerciante, para emprender sus negocios, no sólo precisa figurarse que va a ganar algo con ello, sino que, ante todo, debe creerlo, a fin de acometer lo incierto[58]». Aquí, «esta creencia se traduce en la necesidad de aceptar la realidad objetiva de un concepto (el del sumo bien); si pretendemos aproximarnos mediante nuestras acciones al horizonte configurado por esa posible meta, habremos de admitir entonces que dicho objetivo es enteramente posible[59]». Al entender de Kant, «no es preciso creer que existe un Dios, sino que basta con hacerse una idea de un ser tal cuyo poderío no tenga límites en cuanto a la libertad del hombre y su destino[60]». Y esta instancia divina, como veíamos hace un momento, tiene como alias el nombre de razón pura práctica. El hombre ha de creer cuanto dicha razón le proponga como deber[61], pues en eso consiste precisamente la quintaesencia de su libertad. «Nadie puede ni debe determinar cuál haya de ser la última cota donde la humanidad tenga que detenerse, así como cuán profundo sea el abismo que reste por salvar entre la idea y su realización, dado que la libertad es capaz de franquear cualquier frontera prefijada[62]».


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