Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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El Dios kantiano queda incluso supeditado a las reglas de juego decretadas por la razón pura práctica, puesto que ni tan siquiera Dios puede permitirse utilizar a una persona como si fuera una cosa, cual simple medio, sin considerarla simultáneamente un fin en sí mismo (cf. A 237). Su papel se reduce a brindar el punto de vista propio del espectador imparcial, que sanciona o repudia lo que observa[63]. Cuando menos, Christian Garve parece haberlo entendido así, al afirmar que: «el Espectador simpatizante del cual nos habla Smith equivale de hecho al Legislador kantiano[64]». Sabemos que Adam Smith fue un pensador por el cual Kant sintió una gran predilección[65], pese a que no le nombre casi nunca[66]. En una reflexión que data de 1777 nuestro autor se autoformulaba la siguiente pregunta: «Dentro del sistema de Smith, ¿por qué se inclina el juez imparcial (que no es uno de los participantes) por lo que es universalmente bueno?, y ¿cuál es la razón de que halle cierto bienestar en ello?»[67]. Veinte años después dio con la respuesta: porque aquello que suscita «un entusiasmo tan universal como desinteresado ha de tener necesariamente un fundamento moral[68]». Estos dos rasgos atribuidos aquí al entusiasmo, el desinterés y la universalidad son precisamente las notas que caracterizan a lo único que la Crítica de la razón práctica reconoce como «sentimiento moral», a saber, el respeto desinteresado y desprovisto de toda particularidad hacia la ley moral[69]. «El verdadero entusiasmo —insistirá Kant en el opúsculo de 1797— se ciñe siempre a lo puramente moral y no puede verse jamás henchido por el egoísmo.»[70]


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