CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica La revolución francesa es lo que suscita tal entusiasmo en Kant. «Esa revolución —dictamina— encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no están comprometidos en el juego) una simpatÃa rayana en el entusiasmo, que no puede tener otra causa sino la de una disposición moral en el género humano.»[71] Esta invocación de la simpatÃa (una noción que Kant suele rehuir en los años ochenta, cuando escribe las dos primeras CrÃticas) nos recuerda nuevamente al espectador imparcial smithiano[72], cuya función viene a tener los mismos efectos que la ley moral kantiana: «dejarse dominar por la preferencia natural que cada persona tiene por su propia felicidad antes que por la de los otros es algo que ningún espectador imparcial podrá admitir[73]». Kant dirá esto mismo del siguiente modo: «en cuanto se deja oÃr la voz del deber, se acallan los cantos de sirena de la felicidad[74]». Adoptar el punto de vista del espectador imparcial es lo que viene a sugerir Adam Smith como criterio moral. «Tratemos —nos dice Smith— de examinar nuestra conducta tal como concebimos que lo harÃa cualquier espectador recto e imparcial[75]», hasta lograr que «no olvidemos ni por un instante el juicio que el espectador imparcial emitirÃa, […] acostumbrándonos a observar todo cuanto se refiere a uno mismo con sus ojos; […] asà uno logrará identificarse con ese espectador imparcial y casi no sentirá sino lo que dicho gran árbitro de nuestra conducta oriente a sentir[76]».