Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Puede que tenga razón Garve y que cupiera detectar entre ambos autores un claro parentesco, a través de los paralelismos que cabe observar entre la noción smithiana del espectador imparcial y la razón autolegisladora e igualmente imparcial de Kant (cf. A 199). En todo caso, uno se siente inclinado a pensar que Kant podría haber asumido muy bien este concepto del entusiasmo (del cual no nos habla sino en la década de los noventa) como algo equivalente al sentimiento moral[77], al tratarse de una categoría moral (muy emparentada con el juicio estético de lo sublime) que nos descubre algo descartado por sus premisas morales, cual es que una emoción o un afecto patológico entrañe abnegación y desinterés, en lugar de ser egoísta. Por añadidura, el entusiasmo que viene a embargar al espectador no se diferenciaría demasiado del admirable respeto infundido por la ley moral[78]. Pero es que, además, Kant concede al entusiasmo el mismo tratamiento dispensado a la libertad, puesto que nos encontramos ante un factum innegable desde una perspectiva estrictamente moral: