Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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Si nosotros, para determinar la voluntad, no asignamos a la virtud sino el simple I deleite que ésta prome[A 44]te, tal como hizo Epicuro, luego no podemos censurarle que homologue ese deleite con el de los sentidos más groseros; pues no hay razón para reprocharle haber atribuido únicamente a los sentidos corporales aquellas representaciones mediante las que se nos suscitaba aquel sentimiento. Por lo que cabe conjeturar, Epicuro buscó también la fuente de dichas representaciones en el uso de la más alta capacidad cognoscitiva; mas eso no le impidió, ni tampoco podía impedírselo, considerar según el mencionado principio como idéntico en su género al propio deleite que nos otorgan aquellas representaciones intelectuales y sólo a través del cual pueden ellas oficiar como fundamentos para determinar la voluntad. El mayor compromiso del filósofo es el de mostrarse consecuente y, sin embargo, esto es algo que se da muy raramente. Las antiguas escuelas griegas nos proporcionan a este respecto muchos más ejemplos de los que encontramos en nuestra época sincrética, donde se simula cierto sistema de amalgama coaligando principios contradictorios, tan fraudulentos como banales, porque todo ello resulta harto recomendable para un público que se contenta con saber algo respecto de todo y nada cabalmente, al querer probar todas las monturas.



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