Fundamentación de la metafísica de las costumbres

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Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad.

El concepto de «buena voluntad» es la puerta de entrada a la ética de Kant, quien insiste en que lo que hace que un hombre sea bueno no es la excelencia de sus dotes naturales, como el talento, o la bondad de temperamento o de carácter, ni menos aún las ventajas sociales, como los bienes de fortuna, sino su buena voluntad, siempre que ésta sea tomada en serio, es decir, «no […] como un mero deseo, sino como el acopio de todos los medios que están en nuestro poder». Como corroboración de su tesis argumenta Kant que esos otros bienes, tanto los dones naturales como los privilegios sociales, se tornan en peores males cuando los acompaña una mala voluntad,[7] añadiendo que, en contraste con dichos bienes de naturaleza o de fortuna, sólo la buena voluntad es intrínsecamente buena, es decir, buena en sí misma, incluso aunque no llegue a verse acompañada por el éxito.[8] Y a la inevitable pregunta acerca de si la buena voluntad trae la felicidad, Kant se limita a sostener que la primera «parece constituir […] la indispensable condición que nos hace dignos de ser felices»,[9] pues no puede negar la escasamente consoladora experiencia de que es bastante infrecuente que ambos factores coincidan en la vida de una persona.


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