Historia natural y teoria general del cielo
Historia natural y teoria general del cielo Pero si se considera que la naturaleza y las leyes eternas prescriptas a las substancias para que puedan ejercer sus influencias mutuas, no son un principio autónomo y que debe existir fuera de Dios, y que precisamente el hecho de que demuestren tanta coincidencia y orden en lo que producen por leyes generales, evidencia que las esencias de todas las cosas deben tener su origen común en algún ser principal y que muestran meras relaciones mutuas y mera armonÃa precisamente porque las calidades tienen su fuente en una sola razón suprema cuya sabia idea las ha proyectado en relaciones acabadas y les ha implantado aquella capacidad por la cual aun abandonadas a su propio estado de eficacia producen sólo belleza y orden. Si se considera, repito, todo ello, la naturaleza nos ha de aparecer más digna de lo que se la considera comúnmente, y de sus desenvolvimientos no se esperará otra cosa que coincidencia y orden. En cambio, si se hace lugar a un prejuicio infundado según el cual las leyes generales de la naturaleza por ellas solas no producen otra cosa que desorden, y la coincidencia de todas para el bien que trasluce en la constitución de la naturaleza indica la mano inmediata de Dios, habrá que convertir forzosamente toda la naturaleza en milagros. El hermoso arco iris que aparece en las gotas de lluvia cuando dispersan los colores de la luz solar toda su belleza, la lluvia con sus beneficios, los vientos con la indispensable ayuda que de infinitas maneras prestan a las necesidades humanas, en una palabra todas las transformaciones del mundo que traen con ellas la conveniencia y el orden, no podrán ser deducidas de las fuerzas innatas de la materia. La empresa de los naturalistas que se han dedicado a esta clase de filosofÃa, tendrá que pedir solemnemente la absolución ante el tribunal de la religión. En efecto, entonces ya no habrá naturaleza; sólo un dios por medio de una máquina producirá las transformaciones del mundo. Pero este extraño medio de demostrar la certeza del Ser Supremo por medio de la incapacidad esencial de la naturaleza, ¿qué efecto tendrá para convencer al epicúreo? Si las naturalezas de las cosas no producen por las leyes eternas de su ser otra cosa que desorden e incongruencia, demostrarán por ello mismo el carácter de su independencia de Dios, y ¿qué concepto merecerá una deidad a la cual las leyes generales de la naturaleza sólo obedecen gracias a una especie de obligación forzada, mientras por ellas mismas se oponen a sus más sabios designios? ¿No ganará el enemigo de la providencia tantas victorias sobre estos falsos principios como podrá comprobar coincidencias producidas sin ningún lÃmite especial por las leyes generales de la naturaleza? ¿Y podrá carecer de ejemplos de esta clase? En cambio, aceptemos la siguiente conclusión más conveniente y exacta: La naturaleza, abandonada a sus calidades generales, es fecunda en meros frutos bellos y perfectos que demuestran coincidencias y eficacia no sólo entre ellos, sino también, en toda la extensión de su ser, armonizan con el beneficio del hombre y la glorificación de las calidades divinas. De ello se concluye que sus calidades esenciales no pueden tener necesidades independientes, sino que deben tener su origen en una sola razón como base y fuente de todos los seres y en la cual han sido proyectadas bajo relaciones comunes. Todo lo que entre sà se relaciona en una mutua armonÃa, ha de estar ligado entre sà en un solo ser del cual depende en su totalidad. Por consiguiente, existe un ser de todos los seres, una razón infinita y una sabidurÃa autónoma de donde hasta en su sola posibilidad la naturaleza deriva su origen en toda la esencia de las determinaciones. Ahora ya no se puede negar la capacidad de la naturaleza, porque ello menoscabarÃa la existencia de un Ser Supremo; cuanto más perfecta sea en sus desarrollos, cuanto mejor conduzca sus leyes generales hacia el orden y la coincidencia, tanto mejor prueba es ella de la deidad de la cual deriva estas condiciones. Sus productos dejan de ser efectos del azar y consecuencias de la casualidad; todo emana de ella de acuerdo a leyes inmutables que han de representar siempre algo conveniente porque éstas son meros rasgos del más sabio proyecto en el cual no cabe el desorden. No la casual concurrencia de los átomos de Lucrecio ha formado el mundo; fuerzas innatas y leyes que tienen por fuente la razón más sabia, han sido el origen inmutable de aquel orden que debÃa derivarse de ellas no al azar, sino de una manera necesaria.