Historia natural y teoria general del cielo
Historia natural y teoria general del cielo Pero la misma dificultad que quitó a Newton la esperanza de comprender por las leyes de la naturaleza las fuerzas impulsoras de los cuerpos siderales, su dirección y sus determinaciones, ha sido la fuente de la teoría que hemos expresado en los capítulos anteriores. Ella fundamenta una teoría mecánica, pero una teoría que está muy lejos de aquella que Newton encontró insuficiente y por la cual rechazó todas las investigaciones porque (si puedo atreverme a decirlo) estaba equivocado al considerarla como la única entre todas las posibles de su especie. Es muy fácil y natural llegar, hasta por medio de la dificultad de Newton, por una breve y profunda conclusión a la certeza de aquella explicación mecánica que hemos esbozado en el presente tratado. Si se supone (como ineludiblemente hay que confesarlo) que las analogías antes indicadas establecen con la máxima certeza que los movimientos y círculos armonizantes y ordenadamente relacionados de los cuerpos siderales indican como su origen una causa natural, ella, sin embargo, no puede ser la misma materia que llena ahora el espacio celeste. Por lo tanto, la que antes llenaba estos espacios y cuyo movimiento ha sido la causa de las actuales revoluciones de los cuerpos siderales, después de juntarse en estos globos y evacuar con ello los espacios que ahora aparecen vacíos, o, lo que de esto se deduce inmediatamente, las materias mismas que constituyen los planetas, los cometas y hasta el Sol, deben haber estado al comienzo dispersos en el espacio del sistema planetario y en este estado haber entrado en movimientos, que han conservado al juntarse en sendos conglomerados y formar los cuerpos siderales que abarcan, entre todos, el elemento antes disperso de la materia mundial. Aquí no podemos tardar en descubrir la fuerza motriz que bien puede haber puesto en movimiento esta materia de la naturaleza en formación. El mismo impulso que logró la reunión de las masas, la fuerza de atracción que es esencial de la materia y se presta por dio a ser en el momento inicial de la naturaleza la primera causa del movimiento, ha sido la fuente de la misma. La dirección que en esta fuerza tiende siempre exactamente hacia el centro, no es aquí un obstáculo, pues es seguro que la sutil materia de elementos dispersos en su movimiento vertical ha tenido que desviarse en diversos movimientos laterales tanto a causa de la diversidad de los puntos de atracción como por el obstáculo que ofrecen al cruzarse sus líneas de caída, y que en estos movimientos laterales la determinada ley natural según la cual toda materia que se limita por efectos mutuos, llega al final a un estado en que una causa a la otra la menor variación posible, ha producido tanto la uniformidad de dirección como también los necesarios grados de velocidad, acordes en cada distancia a la fuerza central y por cuya reunión los elementos no tratan de divagar ni hacia arriba ni hacia abajo, con lo cual todos los elementos han sido movidos no sólo en sentido lateral, sino también casi en círculos paralelos y libres por el tenue espacio celeste alrededor del punto común de caída. Estos movimientos de las partes tenían que continuar después cuando de ellas se habían formado globos planetarios, y existen actualmente hasta ilimitados tiempos futuros por la conjunción del impulso una vez impreso con la fuerza central. Sobre esta causa tan comprensible reposan la uniformidad de las direcciones en las órbitas planetarias, la relación exacta a un plano común, el equilibrio, la moderación de las fuerzas impulsoras según la atracción del lugar, la menor exactitud de estas analogías en la medida de la mayor distancia y la libre desviación de los más extremos cuerpos siderales tanto hacia ambos lados como hacia la dirección contraria. Si estos indicios de la dependencia mutua en las determinaciones de la formación señalan con evidente certeza una materia originariamente en movimiento y dispersa por todo el espacio, la falta absoluta de toda materia en este espacio celeste, ahora vacío —con excepción de aquella que entra en la composición de los cuerpos de los planetas, del sol y de los cometas—, demuestra que esta misma materia debe haberse hallado al comienzo en aquel estado de dispersión. La facilidad y exactitud con que en los capítulos anteriores todos los fenómenos de la estructura mundial han sido deducidos de este principio supuesto, es una coronación de esta suposición y le da un valor que deja de ser arbitrario.