La Religion dentro de los limites de la mera Razon

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Junto a ello puede también observarse que según el primer principio la fe (a saber: la fe en una satisfacción suplente) sería atribuida al hombre como deber, en tanto que la fe de la buena conducta de vida, como operada por influjo superior, le sería atribuida como gracia.—En cambio según el segundo principio es a la inversa. Pues según él la buena conducta de vida es, en cuanto condición suprema de la gracia, deber incondicionado, en tanto que la satisfacción superior es un mero asunto de gracia.—Al primer principio se le echa en cara (frecuentemente no sin razón) la superstición del servicio de Dios, que sabe unir una conducta reprensible con la Religión; al segundo principio se le reprocha la incredulidad naturalística, que liga a una conducta por lo demás quizá ejemplar la indiferencia o incluso la oposición frente a toda revelación.—Pero esto sería cortar el nudo (mediante una máxima práctica) en vez de desatarlo (teoréticamente), lo cual en cuestiones de Religión está, desde luego, permitido.—Con todo, lo que sigue puede servir para satisfacción de la última exigencia.—La fe viva en el arquetipo de la humanidad agradable a Dios (en el hijo de Dios) en sí misma está referida a una idea moral de la Razón, en cuanto que esta idea no sólo nos sirve de pauta sino también de motivo impulsor, y por lo tanto es lo mismo que yo parta de esta fe como racional o que parta del principio de la conducta buena. Por el contrario, la fe en el mismo arquetipo en el fenómeno (la fe en el hombre-Dios), en cuanto fe empírica (histórica), no es lo mismo que el principio de la conducta buena (el cual ha de ser totalmente racional), y sería algo totalmente distinto querer empezar por esa fe empírica[*] [79] y derivar de ella la buena conducta de vida. Entonces habría antagonismo entre las dos tesis arriba citadas. Sin embargo, en el fenómeno del hombre-Dios el objeto de la fe beatificante no es lo que de él cae ante los ojos o puede ser conocido por experiencia, sino propiamente el arquetipo que reside en nuestra Razón, arquetipo que ponemos por base a aquel hombre (porque, en la medida en que se deja percibir en su ejemplo, él es encontrado conforme a ese arquetipo), y una fe tal se confunde con el principio de una conducta agradable a Dios.—Por lo tanto, no hay aquí dos principios en sí diversos, de modo que empezar por uno o por otro fuese echar por caminos opuestos, sino sólo una y la misma idea práctica de la que partimos una vez en tanto que representa el arquetipo como ubicado en Dios y emanado de él, y otra vez en tanto que lo representa como ubicado en nosotros, ambas veces, sin embargo, en tanto que lo representa como pauta de nuestra conducta; y la antinomia es, pues, sólo aparente; en efecto, por un malentendido considera como dos principios diferentes la misma idea práctica, simplemente tomada en dos respectos diferentes.—Pero si de la fe histórica en la efectiva realidad de un fenómeno tal aparecido una vez en el mundo se quisiera hacer la condición de la única fe beatificante, entonces habría, desde luego, dos principios completamente diferentes (uno empírico, otro racional), sobre los cuales, acerca de si se ha de tomar como punto de partida y comienzo uno u otro, se produciría un verdadero antagonismo de las máximas que ninguna Razón podría jamás arreglar.—La tesis «hay que creer que ha habido una vez un hombre que por su santidad y mérito satisfizo tanto por sí (con respecto a su deber) como también por todos los otros (y por la deficiencia de ellos con respecto a su deber) (de lo cual nada nos dice la Razón) para esperar que nosotros, incluso llevando una vida buena, sin embargo sólo en virtud de aquella fe podamos ser felices» dice algo completamente distinto que: «hay que ambicionar con todas las propias fuerzas la intención santa de una conducta de vida agradable a Dios para poder creer que el amor (que ya la Razón misma nos asegura) de Dios a la humanidad en cuanto ésta se esfuerza según toda su capacidad por seguir la voluntad de aquél, en consideración a la recta intención, suplirá del modo que sea la deficiencia del acto».—Lo primero no está en la capacidad de todo hombre (incluso del no erudito)[80]. La Historia muestra que en todas las formas de Religión ha imperado este conflicto de los dos principios de la fe; pues todas las Religiones tienen expiaciones, pónganlas donde quieran. Por su parte, la disposición moral en todo hombre tampoco dejaba de hacer oír sus exigencias. Pero en todos los tiempos los sacerdotes se quejaron más que los moralistas; aquéllos en voz alta (intimando a las autoridades a remediar el abuso) del descuido del servicio de Dios, introducido para reconciliar al pueblo con el cielo y apartar del Estado la desgracia; los moralistas, en cambio, de la decadencia de las costumbres, que en gran medida cargan en la cuenta de aquéllos medios de salir del pecado por los cuales los sacerdotes facilitaron a todos la reconciliación con la divinidad aun tratándose de los vicios más burdos. En efecto, cuando existe ya un fondo inagotable para el pago de las culpas hechas o por hacer, uno puede simplemente echar mano de él (y lo hará sin duda antes que nada, aun con todas las reclamaciones que la conciencia haga) para hacerse libre de culpa, en tanto que el propósito de llevar una vida buena puede ser suspendido hasta que se esté en paz ante todo en lo referente a aquel pago; no puede uno pensar fácilmente otras consecuencias de una creencia tal.—Pero aunque esta creencia misma fuese representada como si tuviese una fuerza tan singular y un influjo místico (o mágico) tal que, aunque por lo que sabemos debería ser tenida por meramente histórica, sin embargo, si uno se abandonase a ella y a los sentimientos ligados con ella, la misma fuese capaz de mejorar al hombre entero desde su fundamento (hacer de él un hombre nuevo), entonces esta fe habría de ser considerada como concedida e inspirada inmediatamente por el cielo (con y bajo la fe histórica); en tal caso todo, incluso la calidad moral del hombre, va a parar finalmente en un decreto incondicionado de Dios: «Él se compadece de quien quiere y endurece a quien quiere»[*] [81], lo cual, tomado según la letra, es el salto mortale de la Razón humana.


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