Nunca
Nunca —¡Es una emboscada! —gritó Tab, arrastrándose hacia el coche.
Tamara sacó su pistola. Su corazón latía con fuerza, pero su mente estaba fría. No era un ataque al azar. Alguien no quería que llegaran hasta el convoy.
Desde la polvareda, surgieron hombres armados.
Y en ese instante, Tamara supo que la guerra ya había comenzado.
Pekín era un laberinto de poder. Los rascacielos de cristal reflejaban el sol como dagas afiladas, y en lo más alto de la jerarquía, el vicepresidente Cheng Jin miraba el horizonte con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Desde su despacho en Zhongnanhai, el corazón del poder chino, las decisiones que tomara hoy podrían cambiar el rumbo de la historia.
—La situación en África se está saliendo de control —dijo su asistente, ajustándose las gafas—. Los estadounidenses están moviendo activos en la región.
—Lo esperado —respondió Cheng sin volverse—. ¿Qué dicen nuestros contactos?
El asistente bajó la voz:
—Los extremistas tienen lo que buscaban. Y ahora los franceses están involucrados.