Nunca
Nunca El vehículo se sacudió cuando su conductor, un lugareño llamado Alí, reanudó la marcha. En el asiento del copiloto, el cabo Ackerman, un soldado estadounidense de no más de veinte años, jugueteaba con su fusil.
—¿Qué crees que están vendiendo esta vez? —preguntó Ackerman.
Tamara no contestó. Su instinto le decía que estaban tras algo más grande que un simple intercambio de armas.
Cuando llegaron a la aldea objetivo, encontraron lo de siempre: miseria, polvo y miradas desconfiadas. Tamara bajó del coche con cautela. Un niño descalzo los observaba desde la sombra de una choza. Más adelante, un grupo de hombres discutía en árabe.
—Voy a hablar con ellos —susurró Tab.
Tamara observó mientras el diplomático se acercaba. Tenía talento para las negociaciones, para calmar tensiones. Pero a veces, la diplomacia no era suficiente.
Entonces, una explosión sacudió el suelo.
—¡Cúbranse! —gritó Ackerman.
Tamara se tiró detrás del vehículo justo cuando una segunda detonación levantó una nube de arena. La aldea, hasta hace un segundo silenciosa, se convirtió en un caos. Mujeres corrieron con sus hijos en brazos, los hombres sacaron armas de debajo de sus túnicas.