Nunca
Nunca —Entonces nos aseguraremos de que nadie más la tenga.
La reunión terminó, pero la guerra de poder apenas comenzaba. Mientras Cheng salía al pasillo, su asistente se le acercó.
—Señor, recibimos un informe del Sahel. Un ataque en una aldea. Hubo agentes occidentales involucrados.
Cheng sintió un escalofrío. El equilibrio se estaba rompiendo más rápido de lo que pensaba.
—Siga vigilando. Y prepare un mensaje para nuestros aliados en la región.
—¿Cuál será el mensaje?
Cheng miró por la ventana.
—Que el dragón aún no ha despertado. Pero que podría hacerlo en cualquier momento.
El cielo sobre Washington D.C. era de un gris opresivo. En la Casa Blanca, la presidenta Pauline Green caminaba por el Despacho Oval con las manos cruzadas detrás de la espalda. Sus tacones golpeaban la alfombra con un ritmo preciso. Enfrente, su consejero de Seguridad Nacional, Gus Blake, sostenía una carpeta de cuero negro con el sello de “Alto Secreto”.
—Dímelo sin rodeos —ordenó Pauline.
Blake soltó un suspiro.