Diario de un seductor

Diario de un seductor

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Se despoja de un guante y muestra al espejo, y, por tanto, también a mí, una cándida mano, de griega perfección, y sin siquiera el liso anillo anular. ¡Muy bien! Ahora levanta los ojos: esto la transfigura totalmente y, sin embargo, sigue siendo la misma; la frente no es tan alta, el rostro resulta menos ovalado, pero está más llena de vida.

Habla con el dependiente… Está alegre y charla con agrado.

Ya ha elegido dos o tres cosas, toma otra en la mano para examinarla, pregunta el precio y la deja a un lado, bajo los guantes. Tal vez sea un regalo para la persona amada. Sin embargo, es indudable que no está prometida. Pero hay tantas que no tienen compromiso y, no obstante, tienen un enamorado, y otras muchas que, teniendo compromiso, carecen de amor. ¿Voy a dejar que se marche? ¿Debo abandonarla a su inocencia, sin molestarla?

Va a abonar su compra, pero ha olvidado el monedero. Puede que indique sus señas, peor no quiero oírlas, no deseo privarme de una sorpresa; pese a todo, volveremos a encontrarnos en la vida. Entonces, yo la reconoceré y tal vez ella también me reconozca a mí. No es sencillo olvidar mi mirada oblicua.

Si no me reconociese, lo advertiría por la expresión de su rostro: pero no van a faltarme oportunidades de mirarla como yo sé hacerlo. Y entonces recordará haber sentido sobre sí mi mirada.


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