Diario de un seductor
Diario de un seductor ¡Qué tormento, aunque el hombre asà hubiera sido creado! Hay hombres, sin embargo, que sólo comienzan a gozar de aquello que poseen cuando pueden mostrarlo a los demás: hombres sólo capaces de concebir las apariencias y no la esencia, y que todo lo pierden cuando el ser interior se muestra, asà como este espejo perderÃa su imagen, si ella se traicionara ante él un solo instante…
¡Pero qué hermosa es, a pesar de todo! ¡Pobre espejo, qué tormento! ¡Por fortuna, no puedes estar celoso! Su rostro posee un óvalo perfecto. Ahora, inclina la cabeza un poco hacia adelante, de modo que su frente se hace más alta: la hermosa frente, pura y altiva, no tiene el menor defecto.
Son oscuros sus cabellos y el cutis transparente y mórbido al tacto; lo adivino en sus ojos. Sus ojos… No, no consigo verlos porque los ocultan esas largas pestañas, curvadas como alfileres, que pueden tornarse peligrosas para quien busque la mirada que protegen.
Su rostro es como una fruta: se funden sus rasgos, llenos y suaves, sin la menor esperanza. Tiene cabeza de Madonna, pura e inocente.