Diario de un seductor
Diario de un seductor Inútilmente trato de hacerle razonar, diciéndole que el compromiso ha sido obra de la tía, que puede que Cordelia aún piense en él y que si él lograse reconquistarla, yo me iba a retirar al momento, etc., etc., etc. Por un instante, queda indeciso acerca de si debe afeitarse y vestirse nuevamente de negro, pero en seguida maldice rabioso. Hago todo lo posible para calmarlo. Pero, pese a lo enfadado que está conmigo, no da un paso sin dirigirse a mí en busca de consejo: no olvida que he sido su fiel mentor. ¿Por qué quitarle la última esperanza, por qué romper con él? Es una persona amable, querida, y ¡quién sabe si aún puede serme nuevamente útil!
Ahora me encuentro frente a una doble tarea; ante todo, debo preparar las cosas de modo que pueda liberarme del compromiso cuando quiera y asegurarme, a cambio, un vínculo mucho más bello con Cordelia, un vínculo de más hondo sentido. Luego, debo emplear cuanto sea posible el tiempo para gozar de los encantos con que tan generosamente la adornó la naturaleza, pero con la circunspección y reservas necesarias para no tomar nada prematuramente.