Diario de un seductor
Diario de un seductor Muchas jóvenes tienen en el corazón una imagen indefinida y nebulosa, que debería ser un ideal, y por tal imagen miden a todos los objetos de su amor. Entre medias almas de esa especie podemos hallar alguna que nos acompañe cristianamente a través del mundo, pero nada más.
Cordelia está sentada en el sofá, ante la mesa del té, y yo cerca, en una silla. Esta colocación demuestra confianza, pero, al mismo tiempo, infunde un noble respeto que mantiene la distancia. El modo de pensar es extraordinariamente fundamental, por lo menos para quien sepa ver y entender. El amor tiene varias posiciones: ésta es la primera.
Todo me embriaga en esa muchacha tan admirablemente dotada por la naturaleza: las formas puras y mórbidas, la profunda y virginal inocencia, los ojos limpísimos. La saludó al entrar. Como de costumbre, vino a mi encuentro con aire alegre, ligeramente extraviado, puede que no poco insegura. Desde el día del compromiso, nuestras relaciones han cambiado un poco, pero ni ella imagina en qué medida. Ha tomado mi mano, pero no sonriendo como siempre. Estreché la suya de modo casi imperceptible, con dulzura y amabilidad, pero sin expresar amor.
Está sentada en el sofá, ante la mesa del té.