Diario de un seductor
Diario de un seductor Todo parece tranquilo y solemne como cuando la tierra comienza a encenderse en el primer fuego del alba. De sus labios no brota ni una sola palabra, pues el cocarán está demasiado conmovido. Mis ojos se detienen en ella, pero no con un pensamiento conmovido. Mis ojos se detienen en ella, pero no con un pensamiento sensual: iba a ser algo demasiado rastrero. Igual que una nube sobre los campos, un leve arrebol se extiende por su rostro. ¿Qué es lo que expresa? ¿Amor, deseo, temor, esperanza? Pues el rojo es el color del corazón. No. Ella se asombra, se admira, pero no de mÃ, no de sà misma; se sorprende en sà misma, porque en sà misma va transformándose.
Un momento semejante exige tranquilidad; la reflexión no debe perturbarlo, ni las tormentas de la pasión deben interrumpirlo. Parece casi que yo no está presente y es precisamente mi persona la condición necesaria para su estupor contemplativo. Mi ser está en armonÃa con el suyo. En esos instantes, se adora a una joven como a una divinidad: de modo silencioso.