Diario de un seductor
Diario de un seductor Pero todo inútilmente… ¿Qué pretexto podía hallar para ir sola una sola vez, acompañada por el criado? No, sus padres iban a sorprenderse mucho si lo solicitara; además, ¿qué motivo podía inventar?
Para una invitación formal, es demasiado pronto: la hora conveniente, al decir de Augusto, sería entre nueve y diez, pero luego, cuando se regresa demasiado tarde, debe contarse con la compañía de un caballero. La otra noche, al salir del teatro, hubiera sido una excelente ocasión, pero tuvo que retirarse con la señora Jensen y las amables primas. De haber estado sola, hubiera podido bajar el cristal de la ventanilla y mirar fuera. Pero casi siempre lo inesperado viene por sí solo.
Hoy me ha dicho mamá:
—No podrás terminar el bordado para la onomástica de papá, así que vete a casa de la tía, donde podrás trabajar sin molestias; enviaré a Jens a buscarte a la hora del té.
Estas palabras de mi madre no me han agradado, pues la compañía de mi tía es de lo más aburrida; sin embargo, tenía la ocasión de volver a casa alrededor de las nueve, sola con el sirviente.
Si Jens llegase ahora, le haría esperar hasta las nueve y cuarto para irnos. Si encontráramos a mi hermano o al señor Augusto… Pero sería mejor que no sucediera, pues deberíamos ir juntos.