Diario de un seductor
Diario de un seductor Y, ¿qué arma es tan fuerte, aguda y rápida en su movilidad, y por eso tan traidora, como un ojo?… ¡Cuidado!, un hombre viene; una mirada profana la podría ofender y no sabría usted que tal vez le costara librarse de la odiosa sensación de ansiedad que él puede provocar.
Aunque ella no lo advierte, yo he comprendido perfectamente que él se ha dado cuenta exactamente de la situación.
Sí, ahora usted advierte las consecuencias a que puede llevar el salir sola con el criado. El criado acaba de caerse. En realidad, es un poco ridículo, pero ¿qué hacer en este caso? Volver atrás y ayudarle a levantarse… No, no es posible; y, luego, ¿andar por la calle con un sirviente que tiene sucio el traje? ¡Qué desagradable! ¿Y seguir sola? No, es un atrevimiento excesivo.
Pero usted, sin contestarme, se limita a mirarme con fijeza. ¿Tal vez mi aspecto exterior le hace recelar algo? No puedo impresionarla mucho ya que en estos momentos tengo el aire de un buenazo, caído de quién sabe donde. Nada hay en mis palabras que pueda inquietarla, nada que recuerde o que permita intuir una situación desagradable, nada que parezca indirecto.