Diario de un seductor
Diario de un seductor En cambio, es una gran imprudencia ocultarse detrás de la puerta, sobre todo si está abierta sólo a medias, una imprudencia por las consecuencias que puede tener; cuanto más se esconde uno, más desagradable resulta que le descubran. Es preferible estarse quieto y encomendarse al demonio que nos protege: pero sobre todo lo que no se debe hacer es asomarse a la puerta a cada momento para ver si escampa; sin embargo, en caso de quererse cerciorar, se da un paso hacia la calle y se mira al cielo abiertamente. Cuando, por el contrario, se va asomando continuamente la cabeza, con un gesto a la vez preocupado y curioso, para retirarse en seguida, incluso un niño iba a comprender que estamos jugando al escondite. Y yo, que siempre jugué a eso con mucho gusto, no iba a contestar si me preguntaran…
Pero no vaya a creer que se me ha ocurrido una idea menos que respetuosa a este respecto. No tenÃa usted segundas intenciones al asomar la cabeza, era lo más inocente del mundo. En cambio, no debe pensar mal de mÃ; ni mi buen nombre ni mi buena dama iban a tolerarlo. No le aconsejarÃa que hablara usted con alguien acerca de esto. Cuando le ofrecà mi paraguas, no pensé más que lo que cualquier otro caballero respetable y respetuoso en la misma circunstancia.
¿Por dónde desapareció? Lo más curioso es que fue a ocultarse en la porterÃa… Es como una maravillosa niña, todo brÃo y contento.