Diario de un seductor
Diario de un seductor Antes que nada, una muchacha debe ser conducida al punto en que no conozca más que una tarea: la de abandonarse por completo al amado, igual que si debiera mendigar con profunda beatitud ese favor. Sólo entonces se pueden obtener de ella los grandes y verdaderos placeres. Pero a eso tan sólo se llega a lo largo de una elaboración espiritual.
¡Cordelia! ¡Qué nombre maravilloso! En casa practico pronunciarlo y repito con frecuencia, hora tras hora, seguidamente:
—¡Oh, Cordelia! ¡Cordelia, mi Cordelia, mi Cordelia!
Y no puedo proceder de otro modo. No puedo evitar sonreírme cuando pienso la habilidad con la que sé pronunciar su nombre, ese nombre, en un momento decisivo.
Para todo es preciso una preparación, todo ha de marchar en orden. No asombra que el poeta describa a los amantes no ya en el instante en que estalla la pasión, pues muchos no saben llegar más lejos, sino cuando salen del agua lustral, tras haberse sumergido en el mar del amor, abandonando la vieja personalidad; sólo entonces, por vez primera, se reconocen como conocidos al antiguo, aunque su vida haya comenzado apenas en ese instante.