Diario de un seductor
Diario de un seductor Y ella tiene poesía, alma y pasión: en fin, toda las cosas del ser, pero no subjetivamente reflejadas. Un azar me convenció de eso. Cordelia no toca ningún instrumento: me contó Fermina Jansen que eso chocarla con los principios de la tía. ¡Qué lastima! No hay mejor recurso que la música, creo yo, para entablar amistad con una muchacha.
Hoy fui a casa de la señora Jansen; dejé entreabierta la puerta, sin llamar, con una audacia muy mía, que ya me ha prestado excelentes servicios y que en ocasiones sé justificar con cualquier absurdo. Ella se encontraba allí, sola, sentada ante el piano tocaba una melodía sueca, con una gran turbación pintada en el rostro, como si estuviera cometiendo una mala acción.
Perdía la paciencia a menudo y se interrumpía, para luego comenzar con tacto más suave. Y sus dedos huían y corrían a través de las notas estremecidas de una pasión tan intensa que en mi mente evocaron el recuerdo de la virgen de Mittiel, a la que le fluía la leche de los pechos cuando tocaba el arpa de oro.
Cerré la puerta y continué escuchando desde fuera. Hubiera podido precipitarme en la habitación y aprovechar el momento pero ése hubiera sido el proceder de un insensato. Los recuerdos, con el tiempo, se vuelven un precioso tema de conversación y en su alma causará más efecto aquello que conmovió tan profundamente su sentir.