Diario de un seductor

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El Diario

4 de abril

¡Cuidado, mi bella desconocida! ¡Cuidado! No es tan sencillo descender de un coche; en ocasiones, puede ser un importante paso. Muy a menudo, están tan mal colocados los estribos, que es necesario dejar a un lado la elegancia para salir sin inconvenientes. A veces, sólo es posible salvarse con un alocado salto en brazos del cochero o del lacayo. Cocheros y lacayos… ¿qué bien les va?

Hay momentos que siento el deseo de entrar como sirviente en una casa donde haya señoras jóvenes. ¡Qué fácil le resulta a un criado penetrar en los secretos de la casa!

Pero ¡por amor de Dios, no baje tan precipitadamente de un coche! ¡Se lo ruego!; ¡ya es de noche! No deseo perturbarla, por lo que me oculto detrás de un farol, para que no me pueda ver: con sólo saber que nos miran nos sentimos perplejos o embarazados. ¡Ahora puede bajar! ¡Permita que el lindo piececillo, cuya gracia tanto admiro, se arriesgue por el mundo! ¡Animo! Ya está seguro de encontrar terreno firme. ¿Acaso aún teme a algún espectador molesto? No creo que sea del cochero ni tampoco de mí…


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