Diario de un seductor
Diario de un seductor Tengo la seguridad de poder contar una historia de manera que su pointe ni se pierda ni llegue demasiado temprano. Mantener a los oyentes en tensión anÃmica e irme asegurando, con divergencias de carácter episódico, del resultado que esperan de la historia y engañarles constantemente con respecto a la dirección que tomarán los acontecimientos es una gran satisfacción mÃa.
Emplear dobles sentidos, de manera que los oyentes sólo comprendan uno de los dos y luego, de repente, adviertan que mis palabras tienen o pueden tener otro, es mi arte mejor. Cuando se busca tener ocasiones de hacer ciertas observaciones para determinado fin, hay que hacer un discurso. Y, mientras se habla, es fácil notar cuál es el estado de ánimo de los oyentes, por medio de desviaciones, preguntas y respuestas.
Con toda seriedad, comencé por decirle a la tÃa:
—¿Debo atribuir ese rumor a la benevolencia de los amigos o a la perversidad de los enemigos?
La tÃa hizo un comentario del que procuré distraer la atención de Cordelia, para mantenerla en la mayor tensión anÃmica posible. A eso colaboré yo también, dirigiéndome siempre a la tÃa y hablando con toda la solemnidad posible: