Diario de un seductor

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—O deberé achacarlo a la casualidad, a una generatio aequivoca, al nacimiento equívoco de un rumor difundido (Sin duda, Cordelia no comprendió estas palabras latinas que contribuyeron a confundirla aún más, en especial porque las pronuncié con un acento incorrecto y al mismo tiempo con una expresión como si allí estuviese la pointe), de manera que yo, que vivo alejado del mundo, me convertí en tema de conversación, por la cual se pretende que estoy comprometido.

Cordelia, sin duda, espera que yo confiese o lo desmienta, pero yo continúo:

—Mis amigos lo han dicho porque, sin duda, se cree una gran dicha estar enamorado (Cordelia se ha estremecido); mis enemigos porque lo encuentran ridículo (la impresión contraria), justamente porque consideran que la cosa carece de fundamento. ¿O deberé suponer en todo eso una generatio aequivoca o creer que todo haya nacido de las vanas lucubraciones de un cerebro desocupado?

Con femenina curiosidad, la tía se apresuró a preguntarme con quien, según el rumor, estaba yo comprometido. No respondí a la pregunta.

Creo que toda esa historia sólo sirvió para elevar un par de puntos las acciones de Eduard ante Cordelia.


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