Diario de un seductor
Diario de un seductor «Entra en el mundo, criatura de mis entrañas, lo hice lo mejor que pude; recibe este beso en tu boca como un sello; como un sello que te mantiene sagrada y que nadie podrá romper hasta que tú no lo quieras. Pero cuando llegue el único digno, podrás comprenderlo por ese mismo sello».
Y puso un beso un sus labios, un beso que no quita nada, al revés de los besos humanos, sino uno divino que lo da todo y entrega a la muchacha el poder de los besos.
¡Oh, naturaleza, que misteriosa y profunda eres, tú que das al hombre la palabra y ala mujer la elocuencia del beso!
Cordelia recibió en los labios ese beso y el del adiós en la frente, y otro de gozoso saludo en los ojos. Por eso parecía que nada supiera del mundo: únicamente conocía a la madre inmortal, la fiel, la buena que invisible velaba por ella.
En seguida fui dueño de mí y adopte el ceño y el gesto solemnemente tonto que se une en tales ocasiones. Tras un breve preámbulo, me acerqué y le hice mi petición.