El Libro de la selva
El Libro de la selva Darzee y su mujer se metieron en el nido sin contestar, porque de la hierba espesa que habÃa bajo el arbusto salió un suave silbido, un sonido frÃo y terrible que hizo saltar hacia atrás dos pies a Rikki-tikki, y lentamente surgió la cabeza y la capucha9 desplegada de la enorme cobra negra de cinco pies de largo. Levantó un tercio de su cuerpo del suelo y se quedó balanceándose, mirando a Rikki con sus ojos fijos, pero inexpresivos.
—¿Que quién es Naja? —preguntó—. Yo soy Naja. El gran dios Brahma10 puso su marca sobre toda nuestra raza cuando la primera cobra extendió la capucha de su cabeza para protegerle del sol mientras dormÃa. ¡MÃrame y tiembla de miedo!
Ensanchó su capucha más que nunca y Rikki-tikki vio las marcas de los anteojos en la parte de atrás, semejantes a la hembra de un corchete11. Durante un instante se asustó, pues nunca habÃa visto antes a una cobra; su madre lo habÃa alimentado de cobras muertas y él sabÃa que todo lo que tiene que hacer una mangosta adulta es luchar y comer serpientes. Naja lo sabÃa también y en lo más profundo de su frÃo corazón sintió miedo.
—Bueno —dijo Rikki-tikki y su cola volvió a hincharse—, con marcas o sin marcas, ¿tú crees que es justo que te comas las crÃas que se caen de un nido?