El Libro de la selva

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Naja se quedó en silencio, atenta al inapreciable movimiento de la hierba detrás de Rikki. Sabía que la presencia de mangostas en un jardín significa la muerte antes o después para ella y su familia, así que quiso cogerla desprevenida y ladeó un poco su cabeza.

—Hablemos —dijo—. Si tú comes huevos, ¿por qué no puedo comer yo pájaros?

—¡Detrás de ti! ¡Cuidado! ¡Detrás de ti! —gritó Darzee.

Rikki-tikki no perdió tiempo en mirar. Dio un salto en el aire tan alto como pudo y justo por debajo de ella se deslizó silbando Najaina, la malvada esposa de Naja. Se había acercado reptando sigilosamente mientras su marido hablaba, con la intención de acabar con su vida, pero Rikki oyó su furioso silbido al errar el golpe y cayó casi encima de su espalda. Si hubiese tenido más experiencia, habría sabido que ese era el momento idóneo para romperle la columna vertebral de un mordisco, pero le dio miedo el terrible latigazo que da la cobra con su cola. La mordió, sí, pero no lo suficientemente fuerte y saltó para esquivar su coletazo, dejando a Najaina herida y llena de cólera.

—¡Canalla! ¡Infame, Darzee! —le increpó Naja, sacudiendo con su cola tan fuerte como pudo el espino, con el fin de derribar el nido; pero Darzee lo había construido lejos del alcance de las serpientes y solo pudo balancearlo.


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