El Libro de la selva

El Libro de la selva

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A Rikki-tikki se le pusieron los ojos rojos de ira —cuando esto les pasa a las mangostas es que están verdaderamente enfadadas—, se sentó sobre sus patas traseras, apoyándose en su cola, como si fuera un pequeño canguro, y miró a su alrededor con rabia. Pero Naja y Najaina ya habían desaparecido entre la hierba. Cuando una serpiente falla en su ataque, nunca se sabe cuál va a ser su próximo golpe. Rikki-tikki no se preocupó de seguirlas, ya que no estaba segura de poder enfrentarse a dos serpientes a la vez. Así que corrió hacia el sendero junto a la casa y se sentó a meditar; tenía ante ella un problema serio. Se daba cuenta de que era una mangosta joven y estaba contenta de haber esquivado el primer asalto de la serpiente. Eso le daba confianza en sí misma.

Aquella noche Teddy se la llevó al dormitorio y en cuanto el niño se durmió, Rikki saltó de la cama y salió a hacer su ronda nocturna por la casa. En la oscuridad se topó con Chuchundra, el ratón almizclero, que corría junto a la pared, sin atreverse a alejarse de ella.

—No me mates, Rikki-tikki —le pidió casi llorando.

—¿Tú crees que un matador de serpientes mata ratones? —dijo con cierto desprecio.


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