El Libro de la selva
El Libro de la selva —Los que matan serpientes acaban siendo matados por ellas —afirmó el ratón todavÃa más apesadumbrado—. ¿Y cómo puedo estar seguro de que Naja no me confundirá contigo cualquier noche oscura?
—Aquà no corres el menor peligro —lo tranquilizó la mangosta—. Naja vive en el jardÃn.
—¡No! Mi prima Chua, la rata, me ha dicho que… —dijo Chuchundra, y se calló—. ¡Chiss! Naja está en todas partes. ¿No oyes un ruidito?
Rikki-tikki escuchó con atención. La casa estaba en completo silencio, pero se podÃa oÃr un débil rasgueo, el seco roce de las escamas de una serpiente al reptar sobre las baldosas.
—Tienes razón —dijo—. Son Naja o Najaina y se oye en el cuarto de baño.
Se dirigió al cuarto de baño de Teddy, pero allà no vio nada. Fue entonces al de sus padres y se fijó en que una baldosa estaba levantada para que sirviera de desagüe, se acercó despacio y pudo oÃr a la pareja de cobras cuchichear:
—Cuando la gente de la casa se vaya —decÃa Najaina a su marido—, Rikki-tikki tendrá que marcharse y volveremos a tener el jardÃn para nosotros. Entra sin hacer ruido y recuerda que al primero que hay que morder es al padre. Después vuelve, que iremos juntos a por Rikki.