El Libro de la selva
El Libro de la selva —Pero ¿estás segura de que sacaremos alguna ventaja matando a la familia?
—Pues claro —aseguró Najaina—. Cuando la casa se quede vacÃa, ¿habrá alguna mangosta en el jardÃn? Nosotros volveremos a reinar en él. Y además, cuando nuestras crÃas salgan de los huevos, que no tardarán ya mucho, necesitarán espacio y tranquilidad.
—No habÃa caÃdo en eso —dijo Naja—. Iré y los mataré. Y después no habrá necesidad de matar a Rikki-tikki, porque cuando la casa esté vacÃa se irá.
Rikki lo oyó todo y sintió odio y rabia. Entonces apareció por el agujero la cabeza de la cobra y sus cinco pies de frÃo cuerpo la siguieron. La mangosta se quedó espantada al ver el tamaño enorme de la serpiente. Naja se enroscó, levantó la cabeza y echó una ojeada.
—A ver —dijo para sà Rikki—, si la mato aquà y ahora, Najaina se enterará y si la ataco en mitad de una habitación, la suerte está a su favor. ¿Qué debo hacer?
Naja se balanceaba hacia delante y hacia atrás. Rikki la oyó beber del jarrón grande que servÃa para llenar la bañera y a continuación la cobra dijo:
—Mañana por la mañana vendrá el hombre a bañarse y entonces… Asà que lo mejor será que me quede aquà a esperarlo hasta que se haga de dÃa.