El Libro de la selva

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Se metió en el jarrón y se enroscó, adaptando sus anillas a la panza de la vasija. Rikki-tikki se quedó tan quieta como un muerto, y al cabo de una hora Naja se había dormido. Rikki se acercó al jarrón y contempló su enorme espalda, preguntándose cuál sería el mejor sitio para darle el mordisco.

—Si no le parto el cuello a la primera —se dijo—, luchará, y como luche, ¡adiós, Rikki! Y un mordisco en la cola solo servirá para ponerla más furiosa. Tiene que ser en la cabeza, por encima de la capucha, y cuando la tenga bien agarrada por ahí no debo soltar.











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