El Libro de la selva
El Libro de la selva Por la mañana, Rikki-tikki bajó a desayunar sobre el hombro de Teddy y le dieron plátano y un poco de huevos pasados por agua. A continuación fue saltando a los hombros de todos, pues una mangosta bien educada, según le había enseñado su madre, siempre espera hacerse un miembro más de la familia con la que convive. Después salió al jardín para ver lo que había por allí. Era un amplio terreno medio cultivado, con arbustos enormes de rosas, limoneros y naranjos, cañas de bambú y una hierba espesa y alta.
—Esto es un magnífico coto de caza —dijo, y su cola se infló con solo pensarlo.
Corrió de acá para allá olisqueando aquí y allí, hasta que oyó unas voces muy lastimosas en un espino. Eran Darzee, el pájaro tejedor, y su mujer. Habían hecho un bonito nido, como una bolsa colgante, y ellos estaban posados en el borde, llorando.
—¿Qué os pasa? —les preguntó Rikki-tikki.
—Somos muy desgraciados —respondió Darzee—. Uno de nuestros polluelos se cayó ayer del nido y Naja se lo comió.
—¡Huy! Eso es muy triste —dijo Rikki—; pero yo soy forastera aquí. ¿Quién es Naja?