El Libro de la selva
El Libro de la selva Entonces Rikki-tikki se acercó y gritó:
—¡Vuélvete, Najaina! ¡Vuélvete y lucha!
—Cada cosa a su tiempo —contestó ella, sin mover sus ojos—. Arreglaré cuentas contigo enseguida. Mira a tus amigos, Rikki-tikki, están inmóviles y blancos, llenos de terror. No se atreven a moverse. Y como tú des un paso más, ataco.
—Ve a ver tus huevos, Najaina, en el rincón del establo. Anda, ve a verlos.
La gran serpiente se volvió a medias y vio su huevo sobre la baranda.
—¡Ay, dámelo! —dijo.
Rikki puso sus patas a cada lado del huevo, sus ojos estaban inyectados de sangre.
—¿Qué precio pagarÃas por un huevo de cobra? ¿Por una joven cobra? ¿Por una cobra reina? ¿Por el último de la puesta? Las hormigas se están dando el banquete con los otros.
Najaina se giró en redondo, olvidándose de todo excepto de aquel último huevo. Rikki vio que el padre de Teddy lo levantaba por sus hombros para ponerlo lejos de Najaina.