El Libro de la selva

El Libro de la selva

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—¡Te he engañado! ¡Te he engañado! —repetía Rikki-tikki—. El niño está a salvo y fui yo, yo, quien mató a Naja en el baño. —Y saltaba arriba y abajo riendo—. Me zarandeó todo lo que pudo, pero no se libró de mis dientes. Estaba muerta antes de que el hombre la partiera en dos. ¡Y fui yo! Ahora ven, Najaina, ven y lucha. No seguirás viuda por mucho tiempo.

Najaina vio que había perdido la oportunidad de matar a Teddy y que su huevo seguía entre las patas de la mangosta.

—Dame mi último huevo y me iré y no volveré nunca más —dijo, cerrando su capucha.

—Sí que te irás y nunca volverás, pero al montón de basura con Naja. ¡Lucha, viuda! El padre ha ido a por su escopeta. ¡Vamos, lucha!

Rikki daba saltos alrededor de Najaina, manteniéndose alejada de su azote, con sus ojillos como dos ascuas. La serpiente se enroscaba y se estiraba rápidamente como la cuerda de un reloj, pero la mangosta era más veloz y la cabeza de Najaina se golpeaba una y otra vez contra la estera del porche, mientras que Rikki danzaba en círculo para estar siempre detrás de ella y poder atacar desde cualquier ángulo, como había aprendido de su familia.


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