El Libro de la selva

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En esto, Rikki-tikki se había olvidado del huevo, que todavía estaba sobre la baranda. Najaina se acercó sigilosamente a él, mientras que Rikki recuperaba el aliento, lo cogió en su boca y reptó como una flecha por el sendero hacia la alta hierba, con la mangosta persiguiéndola. Rikki sabía que si no la alcanzaba, el problema se iniciaría de nuevo. La serpiente llegó hasta el espino en que Darzee tenía su nido, quien seguía cantando su absurda canción de triunfo. Najaina se escabulló entre la hierba hacia su madriguera, pero Rikki la había alcanzado por la cola y allí le clavó los dientes. Najaina siguió adelante y se metió en su agujero y Rikki no se desanimó, entró tras ella en aquella pendiente oscura, aunque hay pocas mangostas, por viejas y listas que sean, que se atrevan a hacerlo, pues nunca se sabe si el espacio se ensanchará en un sitio concreto, dando lugar a que la cobra se vuelva y la ataque. Entonces, la hierba de la boca del agujero dejó de moverse y Darzee dijo:

—Todo ha terminado para Rikki-tikki; para Najaina será muy fácil matarla bajo tierra. ¡Oh, la valiente Rikki-tikki está muerta! Cantemos una canción de duelo.




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