El Libro de la selva
El Libro de la selva Se giró dos o tres veces, formando un gran cÃrculo, balanceando su cabeza de derecha a izquierda. Después empezó a hacer bucles y figuras de ochos con su cuerpo, y triángulos y cuadrados y pentágonos, y un rulo con sus anillas, sin parar y sin dejar de emitir su seductor tarareo. La oscuridad iba creciendo y al final el movimiento de la serpiente cesó.
—Bandar-log —gritó—, ¿podéis mover un pie o una mano sin mi permiso? Hablad.
—Sin tu orden no podemos, Kaa —contestaron embobados.
—¡Bien! Dad todos un paso hacia mÃ.
Las filas de monos hipnotizados se acercaron impotentes.
—¡Más cerca! —siseó Kaa. Y todos se movieron otra vez hechizados.
Baloo y Bagheera se habÃan quedado petrificados, con los pelos erizados y gruñendo. Mowgli observaba lo que pasaba igualmente sorprendido.
—¡Vámonos! —dijo Mowgli. Y los tres huyeron por un hueco que habÃa en la muralla hacia la selva.
—¡Puf! —exclamó Baloo más tranquilo al verse bajo la protección de los árboles—. Nunca más buscaré a Kaa como aliada.
—Es mucho más lista que nosotros —añadió Bagheera temblando—. Si me hubiera quedado ante ella un rato más, habrÃa acabado yendo directa a su boca.