El Libro de la selva
El Libro de la selva Pero a Toomai el pequeño sí le gustaba la vida al aire libre, subir por los complicados senderos que solo un elefante era capaz de abrir, bajar a los valles, divisar a los elefantes salvajes pastando a millas de distancia, ver la carrera del asustado jabalí o del pavo real bajo las patas de Kala Nag, los repentinos y cálidos aguaceros que deslumbraban y hacían salir humo de las colinas y valles, la cautelosa conducción de los elefantes salvajes y su alocada entrada en avalancha en los keddahs18 la última noche, y observar cómo al darse cuenta de que no podían salir se lanzaban contra los postes, solo para retroceder asustados por las antorchas llameantes, los gritos y las descargas de los cartuchos de fogueo.