Fabulas libertinas
Fabulas libertinas Y helado empero está; muy suavemente
Se coloca en lo extremo de la orilla;
Se ahoga por no toser; tan estirada
Su carne está que, sin gran maravilla,
HabrÃa entrado en la vaina de una espada.
Daba Tomás más vueltas que un molino,
Todos eran vaivenes y deslices
Y con extraño tino,
Llegó a meterle un dedo en las narices.
Y lo que más temÃa
Es que al cabo le diese algún capricho
Soplado por amor. Atroz manÃa
Cuando uno de los dos… ¡Bastante he dicho!
Grande era su pavor.
Ya nota un brazo
En su frente posar, ya un pie le escarba;
Y aun creyó, entre un pellizco y un codazo,
Del amigo Tomás sentir la barba.
Algo hubo más terrible;
Coge Tomás de pronto una campana
Y toca de manera tan horrible
Que no parara allà criatura humana.
A tan feroz ruido
Antón se cree perdido
Y jura renunciar a su adorada.
Como nadie acudiera a la llamada,
Tomás al cabo se quedó dormido.