Fabulas libertinas

Fabulas libertinas

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Volveré. Mas, tomad aquesto en prenda».

Y así hablando, sacaba de su dedo

Una sortija de plateado brillo,

Hasta que el monje dijo:

«¡Quedo, quedo!

Conservad, jovencita, vuestro anillo,

Que daré la lección que vos queréis

Sin que nada paguéis.

Aquí, como doquiera, bien se entiende,

Gratis damos también lo que se vende;

Venid, pues, y guardad vuestro tesoro;

Nada temáis, lucero:

Mis hermanos se encuentran en el coro,

Para mí, sordomudo es el portero,

Y para confesiones tan secretas,

Son aquí las paredes muy discretas».

Vense en breve amparados bajo el techo

De la celda, y el monje, entusiasmado,

Sin más ni más la tira sobre el lecho,

Y a besarla se va, determinado

A firmar pronto el plácido convenio.

«¡Cómo! exclama la niña sorprendida,

¿Es así como dais lección de ingenio? —

Es así, por mi vida».

Responde el fraile, y de deleite lleno,

Posa su mano sobre el blanco seno.


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