Fabulas libertinas

Fabulas libertinas

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Que en este trance apurado,

Lo mismo es haberlo visto,

Hija, que haberlo tocado».

Fue empero su castigo cosa leve,

Y no dio a la doncella pesadumbre.

Pero, precisa que a otro punto os lleve.

Es en el pueblo de Ana una costumbre

Que pague al confesor el confesado,

Por haberle sus faltas escuchado,

Un amable tributo,

Que suele, en absoluto,

Estar en relación con el pecado.

Estaba Anita del tributo inquieta

Y era para ella verdadero escollo,

Cuando su ansia secreta

Calmó su amante Juan, dándola un sollo;

Un sollo de valía,

Que había pescado al despuntar el día.

Anita, se apresura

A llevarlo a Don Lucas, su buen cura.

Admira éste el pescado y lo pondera,

Toca la cara de ella y luego toca

Su barba y dice: «Nada mejor fuera,

Viene de molde, ni a pedir a boca.

Es hoy día de Calenda[3], Ana querida, Y tengo convidados,

Que serán con el sollo regalados;


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